Ir al contenido
_
_
_
_

Konstantin Rudnev, el líder de una secta rusa que buscó refugio en la Patagonia argentina

El gurú condenado en Rusia por trata de personas y narcotráfico intenta hacerse pasar por el padre de un recién nacido para obtener la residencia en el país sudamericano

Konstantin Rudnev, líder de la secta Ashram Shambala, en una imagen de 2013, durante el juicio que se llevó a cabo en Rusia.
Federico Rivas Molina

El ruso Konstantin Rudnev llegó a Argentina en octubre del año pasado. Lo acompañaban un hombre y una veintena de mujeres. Volaban desde Montenegro y solo unos pocos balbuceaban algo de español. Se instalaron en Bariloche, al pie de la cordillera de Los Andes, a 1.700 kilómetros de Buenos Aires. En un paraje rodeado de lagos, montañas nevadas y bosques de cohiues y alerces, alquilaron con dinero en efectivo lujosas cabañas de madera. Hacían “teletrabajo” para empresas en el extranjero, dijeron. Taparon las ventanas y pusieron cámaras de seguridad. Cada tanto se vestían de militares y desaparecían en el bosque. Volvían días después embarrados y hambrientos. Apenas llamaron la atención en una ciudad acostumbrada a los extranjeros amantes del turismo de aventura. Rudnev y su séquito están ahora presos en cárceles de máxima seguridad, acusados de trata de personas, reducción a la servidumbre y narcotráfico.

La policía argentina detuvo a Rusnev, de 58 años, el viernes 28 de marzo en el aeropuerto de Bariloche, cuando intentaba volar a Brasil junto con seis mujeres rusas. Vestía un abrigo con dibujos de lobos salvajes y, cuando se sintió acorralado, intentó cortarse el cuello con una hoja de afeitar. En el aeropuerto de Buenos Aires lo esperaba otro hombre que vestía pijama y pantuflas y seis mujeres que también fueron arrestados. Los detenidos pasaron días después de 14 a 21, todos de nacionalidad rusa.

Konstantin Rusnev, capturado el viernes 28 de marzo en el aeropuerto de Bariloche, en Argentina.

La foto de la detención fue la guinda de una cacería empezada el 17 de marzo en el hospital de Bariloche. Una joven rusa de 22 años se presentó con un embarazo a término, lista para parir. La acompañaban dos mujeres que servían de traductoras. La joven no hablaba y estaba muy asustada. Los médicos sospecharon de un caso de trata y las denunciaron. Días después, la mujer regresó al hospital y tuvo su hijo por cesárea. Estaban allí sus dos acompañantes, que exigieron a los médicos que el recién nacido llevase el apellido de un tal Rudnev. Los doctores les advirtieron de que, sin la presencia del padre, eso era imposible. Rudnev estaba “trabajando” y no podía acercarse al hospital, se defendieron. Como el bebé fue anotado con el nombre de la madre, las dos mujeres tomaron el acta, la tacharon y escribieron con ira “Rudnev”. ¿Pero quién era este Rudnev?

A los fiscales de Bariloche les llevó una semana armar el rompecabezas. “Según el testimonio de la víctima, Rudnev fue quien se encargó de que una de las imputadas la traiga desde Moscú a Argentina, solventando los gastos del traslado”, explicaron los fiscales al juez en una audiencia celebrada el viernes. Migraciones de Argentina detectó el ingreso de la mujer embarazada y sus dos acompañantes el 9 de enero. El plan era sencillo: inscribir al bebé recién nacido como hijo de Rudnev, para que este pudiese obtener la ciudadanía argentina. La legislación local otorga la ciudadanía a los padres extranjeros de hijos argentinos. Como el país es además miembro del Mercosur, el nuevo pasaporte permitiría a Rudnev instalarse y moverse con libertad también en Brasil. “La organización captó, trasladó y acogió a la mujer con fines de explotación sexual y de reducción a la servidumbre, para lo cual medió engaño —la fachada de un espacio espiritual y de práctica de yoga— y coerción, y se aprovechó de la extrema situación de vulnerabilidad de la víctima”, dijeron los fiscales.

Tirando del hilo, la justicia argentina reconstruyó el pasado de este hombre misterioso: Rudnev era el líder de la secta Ashram Shambala y había estado preso 11 años en Rusia. La historia arranca a finales de los años ochenta, cuando Rudnev se alistó en el ejército ruso. No le fue bien: un incidente con un fusil de asalto lo llevó a un psiquiátrico, del que salió en 1989. Libre de sus obligaciones militares, volvió a su ciudad, Novosibirsk, en Siberia, y fundó la secta. Escribió un libro con sus “enseñanzas” que tituló El camino del loco y dijo a quien quisiera oírlo que era “un extraterrestre llegado de Sirio”. Los crédulos comenzaron a llamarlo Gran Chamán de Altai. Con Ashram Shambala, la suerte de Rudnev cambió por completo: la secta llegó a tener 20.000 seguidores y hacia mediados de los noventa operaba en 18 regiones de Rusia. El dinero fluía a raudales. Los miembros abandonaban a sus familias y donaban todos sus bienes a la secta, que servía además de tapadera para el tráfico de drogas y la prostitución. Las mujeres se entregaban a Rudnev, participaban de orgías y grababan vídeos que se vendían como pan caliente.

Konstantin Rudnev

En 1999, el poder de Rudnev sobre sus víctimas eran inconmensurable. Lo consideran un dios encarnado y su palabra era inapelable. Además del lavado de cerebro, Rudnev aplicaba un método de control a través de la comida: los miembros vivían al borde de la inanición y debían someterse al líder para no morir de hambre. En 1999, el gurú terminó otra vez en un psiquiátrico y escapó. Cinco años después, fue arrestado por trata de personas, pero los fiscales no lograron testimonios en su contra. Hasta que, en 2010, la policía de Novosibirsk lo arrestó por posesión de heroína. Fue condenado a 11 años de cárcel por “crear una asociación cuyas actividades implican violencia”, por violación y por “preparación para la venta ilegal de estupefacientes a gran escala”. En 2021, Rudnev terminó su condena y quedó libre.

Es en ese momento cuando comienza su aventura en Argentina. Rudnev abandonó Rusia y se instaló en Montenegro, donde fue detenido en octubre por grabar películas pornográficas en un hotel de lujo. El 9 de octubre, la policía montenegrina le perdió el rastro, hasta su detención en Bariloche. Rudnev tenía la intención de instalarse definitivamente en Argentina, con los mismos métodos que hace 30 años lo hicieron poderoso en su país natal. Cuando la policía entró a las cabañas alquiladas por el gurú, encontraron colchones en el suelo en lugares amplios como salones o comedores. “Había ropa erótica, pelucas y, en algunos casos, hongos que están siendo peritados ante la sospecha de que sean del tipo alucinógeno. También encontraron pastillas de cocaína y una gran cantidad de documentos, entre los cuales había algunos poderes generales firmados por el líder de la organización”, dice el informe de los fiscales.

Una fuente de la investigación confirmó además que en las cabañas escaseaban los alimentos. “Las alacenas estaban cerradas con candados y los vasos y platos tenían el nombre de quienes los usaban”, como una forma de controlar cuánto comía cada integrante de la secta. En el momento de la captura, las mujeres “mostraban síntomas evidentes de anorexia y tenían poco cabello”, agregó. Rudnev está ahora preso en el penal de Rawson, a 900 kilómetros de Bariloche, muy cerca del mar. El tiempo dirá si este fue el último acto del “extraterrestre de Sirio”.

Sede principal de la secta Ashram Shambala en la ciudad de Novosibirsk, Estado de Siberia.


Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Federico Rivas Molina
Es corresponsal de EL PAÍS en Argentina desde 2016. Fue editor de la edición América. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires y máster en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

_
_